miércoles, 26 de mayo de 2010

Buen día Maestros


Hoy como muchos otros días, mientras desayunaba en calma –por lo menos el viernes–, pensaba en los maestros (no, no me quiero poner a discutir si es mejor llamarlos educadores, docentes, profesores, ‘facilitadores’ –qué tal–, interlocutores de los y las jóvenes, no; recreacionistas, no). Entonces se me ocurrió hacer un ejercicio de memoria para darles mi saludo, mi homenaje de gratitud.

Rebobino la película y me encuentro a mi abuela, de 17 años, en 1921, graduada en la Normal Antioqueña, con las mejores notas; y después en su escuela de San Pedro de los Milagros, al lado de la maravilla de Laura Montoya Upegui. Cómo serían de decisivas, de necesarias, estas Señoritas en su momento y lugar. Bueno, y el abuelo materno enseñó anatomía, con toga, con libros en francés, por 12 años, en la Universidad de Antioquia. Pero en el otro lado de la familia había un contraste duro, el abuelo paterno sólo había llegado hasta tercero de primaria, porque después de una reprimenda de palmatorias había abandonado para siempre la escuela. De todas maneras él, con su experiencia, también valoraba el estudio, insistía en la necesidad de educarse para tener otra vida y nos escribía cartas, que parecían como un dictado, como una transcripción de su voz imponente, en los momentos más importantes de la gran familia.

Salto hasta el año 68, con la hermana Carmen chiquita (porque había otra que era ‘la grande’ y las dos eran costeñas, morenas pálidas y virginales) y vuelvo a repetir mis primeras letras, cuando pensaba que leer era recorrer un renglón, memorizarlo y repetirlo inmediatamente; y así uno detrás de otro; qué cosa más difícil. Claro y desde que tuve medio conciencia y uso de razón yo siempre quise ser un profesor. Mis primeros intentos los hice tratando de amaestrar una perra de raza collie, que apenas me miraba, medio desconsolada, y como que asentía a todo lo que yo le indicaba.

Pasan los años y tengo en mi cabeza a la hermosa Señorita Teresita (que era novia y después fue la esposa de Don Gustavo, y siempre se llamaba Señorita), morena de ojos verdes. En cuarto de primaria el director era Don Jorge Castro, un maestro de respeto, que afirmaba que yo era el mejor estudiante. Ya para ese entonces mi hermano mayor, para terminar su bachillerato, tuvo que cumplir con el requisito de alfabetizar. Yo quería hacer lo mismo, y en parte lo intenté y buscaba afanoso a todo el que quisiera que yo le diera clases, a mi manera, por supuesto. Así pasan en fila los maestros propios, los de todas las etapas de formación; los muy deficientes del bachillerato y otros brillantes en las universidades. También tengo en cuenta a los educadores que han hecho época en el país, como Germán Arciniegas, Carlos Federicci, Virginia Gutiérrez de Pineda; Carlos Gaviria, y tantos más.

Hago un sobrevuelo por todos los escenarios de los salones en primaria, secundaria, pregrado; horas y horas de pie, con tizas, con marcadores, con ayudas didácticas y sin ayudas didácticas y hoy con la voz bien gastada. En Cayambe, en Santander de Quilichao, en Nuquí, en Caucasia, en cualquier parte, en otra parte; de noche, de día; en la virtualidad; con campesinos, con niños indígenas, con los despalomados, con los que copian hasta los suspiros; para los que hoy vuelan con alas propias, para unos que ya se fueron para siempre, para todos los que luchan por buscar un espacio y un tiempo en unas ciudades mezquinas, para los que les queda pequeño el mundo, para los que ganaron y los que perdieron sus exámenes ayer; qué se le va a hacer.

Del pasado vengo al presente, rememoro a todos aquellos con quienes hemos trabajado, idos y actuales; algunos que son referentes y que nos han marcado de verdad; y veo con inmensa satisfacción a quienes antes fueron estudiantes en la Facultad y hoy son excelentes profesores y estudiosos como los más. Entonces especulo y me imagino a los que vendrán, a los que nos van a suceder a la vuelta de unos años, 15, 10, quién lo sabe, o menos; reflexiono y me pregunto cómo transformarán las cátedras, cómo serán las relaciones con los nuevos estudiantes y cómo asumirán el compromiso con la ciudad, con la región y con el país.

Hay otros profesionales a quienes también admiro, sobre todo a los filósofos, a los músicos, a los científicos; y a quienes tienen oficios como los panaderos, los carpinteros y los sastres, y a los agricultores. Pero los profesores tienen algo característico, hacemos parte de la vida de los otros, de manera pasajera. El paciente de un odontólogo seguramente envejecerá y seguirá siendo el cliente de su doctor. Pero, ahora que están tan en boga las condiciones etáreas, de edad, como sea, hay que insistir en que la niñez, la juventud, son apenas estados temporales. Los maestros se plantan en una orilla de un río para verlo pasar.

Qué preocupación es mantenerse vigente viendo que los otros dejan las aulas vacías y siguen otra vida que, la mayoría de las veces, no tiene nada que ver con la didáctica; que ellos van a desempeñarse, en el mejor de los casos, como ciudadanos decentes que si acaso se acordarán de sus dichosos formadores. Pero es la verdad, no se deja de ser maestro, o por lo menos yo creo que algunos no nos concebimos en la vida en otra condición que no sea la de maestriar, de ser magistrales o de creernos la loca idea de que podemos enseñar. Por supuesto, ahora ya como que no se usa dar clase, pararse a dictar cátedra y hay que escuchar a los otros, construir el conocimiento entre todos, dialogar, incluir, participar, y sigue una larga lista de verbos, y quién sabe si entre éstos también hay que poner otros como: aburrir, dormir y embolatar. Qué grave, como se pierden las oportunidades y cómo se reduce la famosa escolaridad, y mientras tanto el país se empobrece; y hay tantas maneras de ganarse la vida y sobresalir pasando por los atajos, a la brava, con picardías, con viveza. Qué desastre.

Pero no, siempre quedamos unos tercos que pensamos que la educación hace milagros (o si no remítanse a los reportajes que le han hecho a Pablo Pineda, estudiante universitario y actor con síndrome de Down). Hay que decirlo, y es una paradoja, también las instrucciones, las letras, la ilustración, no son garantía de nada; o si no veamos a los padres de la patria, a los famosos emprendedores, a los que llaman líderes o los hombres y mujeres de éxito; éstos muchas veces son los que han tenido la formación más esmerada, el capital cultural, el acceso a los libros y a la información y no les da vergüenza salir a medrar en la política, a corromper o aliarse y a dejarse invitar y atender por los matones, los tramposos, los lagartos, en fin. Qué lamentable es encontrar que las llamadas elites tienen cada vez menos consumos de productos culturales, que ni leen y cada vez escriben peor. Hay gente para todo.

Pero no nos digamos bobadas, lo que hace falta en este país es educar; los maestros tienen que ser importantes para que haya democracia, para que se afirme la individualidad con libertad. Es urgente que este país piense en los maestros y maestras como instrumentos de la paz, como artífices de la dignidad, como junta letras, como quienes garrapatean alfabetos para decir y escribir y leer palabras distintas, con otros significados, que resuenen en la mente de muchos, pero no sólo con el pomposo ideal de ‘cubrimiento de la enseñanza’, sino como un fermento, como una nueva cultura, otro estilo de vida, como darle una esperanza a este país tan adolorido y tan desencuadernado.

Buen día maestros; se merecen una buena vida. Si hay maestros que piensan, que argumentan, el país será posible; si hay estudiantes que escriben y leen y discuten, critican, disienten y dudan, y nos mueven el piso a los maestros, no tendremos que merecernos una suerte de periferia, seguir como corcho en remolino en la pre-modernidad. La educación nos da confianza, condiciones de libertad, arrinconará las violencias, en esto hay que insistir, hasta que nos apaguemos. Mañana volveremos a madrugar y abriremos otros libros y nos deslumbraremos con preguntas, con ojos ávidos, con cabezas y corazones despiertos. Hay que insistir, buen día maestros.

¡Enhorabuena!

Andrés Calle Noreña

Manizales, 14 de mayo de 2010

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